sábado, 3 de octubre de 2015

NOCUENTO TRÀGATELO EL SABIO CONSEJO Juan Josè Bocaranda E




NOCUENTO TRÀGATELO
EL SABIO CONSEJO
Juan Josè Bocaranda E

Hizo caso, para salvar el alma y ganar el cielo. Y salió a regalarlo todo, como para quedar màs liviano y alzar el vuelo cual tenue colibrí.
Regalò la capa y la tùnica y el sombrero y la camisa y los interiores y los zapatones, y se desprendiò de su hacienda y todo lo donò a los pobres.
Cuando llegò a las puertas del cielo y San Pedro lo vio desnudo, temblando de frìo y cadavèrico, le dijo con voz amable: hijo, la pròxima vez no tomes las palabras al pie de la letra porque quedaràs pelando...Palabra de Dios.

jueves, 17 de septiembre de 2015

NOCUENTO ABISMAL TRISTES Juan Josè Bocaranda E

 
 
NOCUENTO ABISMAL
TRISTES
Juan Josè Bocaranda E
Quince viejas transgènero suelen reunirse en un Cafè de la Via Condotti, de Roma. Pertenecen al creciente número de “las arrepentidas”, y planean  la creación de una confradìa internacional.
Es ahora cuando reconocen que cuando un dìa tomaron la decisión del cambio, no pensaron realmente, a profundidad, en la trascendencia inmensa, múltiple, compleja, que les afectarìa de raíz la totalidad de la existencia. Creyeron dar un paso,  pero se precipitaron  a un abismo sin fondo del que no podrán salir jamàs. Al contrario, sienten, literalmente, que aceleran la caída irreversible hacia  las aguas de un pozo espeso y frìo.
La decepción se les refleja en un rostro triste, desencajado, de cuyos ojos ha escapado hasta la última chispa de ilusiòn.  Anhelan consolarse mutuamente, compartiendo el dolor, mas aparentando lo contrario, para que el mundo no se burle de su dolorosa frustración, provocada  por algo indescriptible que les pesa en el alma como una roca incandescente.
La líder –la màs vieja, la màs sabionda, la màs entusiasta preoperatoria y, también, ahora, la màs decepcionada, nos dice:
-Lo que màs duele es la simulación y el disimulo al que nos vemos forzadas: hacer que nos vean alegres, felices, complacidas, satisfechas; y ocultar lo mejor posible nuestra angustia existencial, que es como preguntarnos “pero, ¿què hice, que està siendo de mì, adònde estoy yendo?, con esta tristeza sin fondo,  con esta desesperanza sin consuelo que nos llevan a concluir que “no valió la pena, que el remedio no estaba allì, que èsa no era la solución”.
Todas se sumen en el silencio màs ensordecedor. No pueden evitar que  las delate un no sè què de profunda infelicidad. El no sè què de un abismo insondable y sin regreso

miércoles, 9 de septiembre de 2015

NOCUENTO SOSO LA CONCIENCIA DE UN ZAPATO Juan Josè Bocaranda E

NOCUENTO SOSO
LA CONCIENCIA DE UN ZAPATO
Juan Josè Bocaranda E




NOCUENTO SOSO
LA CONCIENCIA DE UN ZAPATO
Juan Josè Bocaranda E
Soy la ruina de un zapato viejo, triste, enfermo, y, sobre todo, despojado de fe, esperanza y caridad y de otras virtudes, excepto la humildad, que practico porque no me queda otro remedio...
Una mañana una señora me tratò con extraña amabilidad: me levantò no sin asco, por la punta del trozo de trenza que me quedaba, me colocò casi frente a su nariz y la escuchè decir:
“!Ay, ay! ¿Còmo es posible que haya seres humanos capaces de desestimar la perfección? Este humilde zapato tan maltratado fue perfecto un dìa, y todavía sigue siendo perfecto en el mundo de las esencias de Dios, que no genera sino perfección. Làstima que un solo zapato no haga montaña”… y me arrojò de nuevo al lodazal. Pero, yo me aferrè a sus faldas con la esperanza y le gritè, le gritè “Señora, no me abandone, apiádese de mì, sàqueme… de la pobreza”.
Ya se largaba… Pero le chirriaron los frenos de potencia dejando marcadas las llantas sobre el pavimento, al escuchar la palabra pobre, y mirándome desde allà arriba, me increpò como terrible deidad¨:
“!La pobreza no existe!. Lo que hay es riqueza y prosperidad, porque los tiempos de Dios, como su obra, son perfectos. La pobreza es apariencia de falta de dinero, apariencia de falta de recursos, apariencia de falta de ropa y de comida, apariencia de falta de hogar…”
Me rebozò el corazón de alegre esperanza. Le implorè que me enseñara a salir de ese horrible montòn de simples apariencias, para ver, para sentir la riqueza y la prosperidad.
La buena señora se apiadò de mì. Me tomò con una hoja de periódico para no ensuciarse las manos y me llevò al corral de su casa y me arrojò  muy cerca de la casucha del perro, que por cierto despedía una apariencia de  perfecta y agradable hediondez de  cacas y orines.
Allì me dijo:
-Ya que tienes el deseo de aprender, te darè algunas lecciones de metafísica. Pero debes estar dispuesto a aceptar todo, absolutamente todo lo que yo te diga, sin dudar ni por un instante. Es màs, debo recalcarte que si recibes estas lecciones y después dudas, debido a las circunstancias, te caerà encima  una “pava” peor, es decir, una avalancha de cosas no perfectas que aunque no son castigos sì se dejan sentir: se trata de simples pruebas para tu fe, lecciones de vida placentera. Si flaqueas, ten la seguridad de que tu apariencia de pobreza será extrema. Asì, pues, tù decides: o te marchas ya, privándote de estas valiosas enseñanzas que estaban programadas para tì desde hace miles de años, pues nuestro encuentro no ha sido casual sino causal… o recibes las lecciones para llegar a la perfección. Queda en tus manos. Tù decides.
-¡Caramba, señora!. Estoy tan perfectante acogotado por la ausencia de riqueza, que correrè el riesgo, pues mayor miseria que la soportada por mi hasta ahora, no tiene grado inferior. Yo lleguè al fondo de la fondedera.
-Està bien. Comencemos.Relàjate y haz respiraciones profundas para aprehender el prana. Cuando ya te sientas mareado y que todo te  dè vueltas, repite conmigo “Mi pobreza es aparente y transitoria. Mi mente comienza a ser iluminada por el conocimiento. Mi corazón està siendo fortalecido por la fe y mi voluntad se fortalece por la determinación de prosperar y alcanzar la riqueza.
De ahora en adelante tendrè conciencia de rico. Cuando encuentre en un basural un muslo de pollo podrido, verè en èl un cuarto de faisàn fresco y ricamente aderezado. Cuando tenga hambre y no encuentre alimento, tendrè conciencia de riqueza y de prosperidad. Cuando no tenga dònde protegerme de la lluvia, tendrè conciencia de riqueza y prosperidad. Cuando no tenga con què cubrirme las desvegûenzas, pensarè como piensan los ricos cuando las tienen extremadamente calientes, y…y…y…”
Para no dilatar la paciencia de los amables lectores –si es que los hay-  resumirè diciendo que me marchè de aquel lugar pleno de felicidad; que practiquè las respiraciones con  todo el ritual; que repetí letra a letra los decretos que había memorizado no sè còmo con tanta hambre. Pero, también debo decir  que todo fue absolutamente inútil. Lo único que logrè fue reventar por el esfuerzo las últimas costuras, hasta dejar la última zuela en las calles. Sigo siendo tanto o màs pobre que antes, pero con la seguridad que me brinda mi conciencia de que, primero, toda pobreza es transitoria, puesto que no hay mal que dure cien años, de los cuales me quedan muy pocos; y, segundo, de que en este mundo inmundo todo es apariencia, excepto el hambre, la inmundicia, la inhumanidad y la  muerte…
Disculpen que les haya contado este nocuento de factura tan sosa, tan insulsa, tan pendeja como estas dos cosas... Pero es que el hambre empuja la habladera…




Nota bene o p.d.
En este nocuento la pobreza del zapato es tan intensa, que se atraviesan las zzzz a cada rato. Por eso aparece, p.e. la palabra “zuela” en lugar de “suela”…Porque asì son las “zuelas” de la miseria.



sábado, 5 de septiembre de 2015

LA TIERRA SIGUE GIRANDO








…Y la Tierra fue una pútrida piltrafa que vacilaba alrededor del Sol, y el Sol alumbraba tan portentosa belleza.

sábado, 8 de agosto de 2015

Aquì cabe de todo LA PRESUNCIÒN DE DIGNIDAD Juan Josè Bocaranda E


Aquì cabe de todo
LA PRESUNCIÒN DE DIGNIDAD
Juan Josè Bocaranda E
Creemos no estar exagerando cuando afirmamos que el Mundo està cayendo, cada vez màs, al nivel de su propia destrucción. Los hechos cotidianos lo evidencian: el desprecio hacia los valores espirituales y morales; la apología del crimen; la prèdica diaria de la violencia contra la razón; las lecciones permanentes de una televisión podrida; el incremento de la crueldad; la generación de armas cada vez màs destructivas; la preparación acelerada de los “robots guerreros”, para una destrucción màs inhumana y radical; la voracidad de las grandes (pre)potencias; la indolencia respecto al mal ajeno; los abusos de las empresas  farmacéuticas; la ausencia creciente de la compasión; la muerte de la generosidad; la búsqueda del confort aun con menoscabo de los màs altos valores; la distorsión de la naturaleza en los màs diversos aspectos; los peligros reales de la manipulación ciega  de la genética; la ceguera de  los  “científicos” que a cuenta de tales se creen superiores a la verdad; el aumento del consumo de drogas y la constante creación de otras cada vez màs demenciales; y el descaro de los malvivientes y asesinos que, cuando los aprehende la autoridad, exigen el respeto de “sus” derechos,  contradictoriamente violados por  ellos, en forma permanente…
En fin, son tales los hechos y las circunstancias de crueldad y de “in-humanidad”, que nos vemos obligados a revisar algunos “principios”, como aquèl que se refiere a la dignidad humana.
Se ha dicho, en efecto, que el ser humano  merece respeto porque es digno de ello, de por sì, por obra de su propia naturaleza: basta que se trate de un ser “humano”, para que todos debamos reconcerle sus derechos, sin condiciones.
Sin embargo, cuando confrontamos el principio de la dignidad humana con los hechos cotidianos ya enumerados, hemos de llegar a la conclusión de que ese principio debe operar a manera de una presunción y no de un paràmetro fijo, inexorable.
A nuestro modo de ver, vistas aquellas circunstancias negativas, el principio de la dignidad humana  quedarìa asì, por lo menos en cuanto atañe a nuestra propia convicción: “SE PRESUME QUE TODO SER HUMANO MERECE RESPETO EN LA MEDIDA EN QUE ÈL MISMO REALICE SU DIGNIDAD. Y REALIZA SU DIGNIDAD EN LA MEDIDA EN QUE DEMUESTRE QUE ÈL, A SU VEZ, RESPETA LA DIGNIDAD DE LOS DEMÁS”.
Conforme a este “principio revisado”, un sujeto que se dedica  a violar los derechos humanos, se torna indigno de que se le respeten los suyos”, pues en realidad no los tiene: los ha perdido justamente por perpetrar hechos contrarios a la dignidad de los demás. En otras palabras: CUANDO UNA PERSONA SE DEDICA AL MAL, AL CRIMEN, ESTÀ RENUNCIANDO, IMPLÍCITAMENTE, A LA DIGNIDAD DE LA QUE ES DUEÑO SÒLO “EN PRINCIPIO”.
Un corolario inevitable de esta revisión es el siguiente: desde un punto de vista profundo, moral, sòlo pueden reclamar el respeto de sus derechos humanos, las personas que hayan alimentado ese núcleo presuntivo, mediante un comportamiento idóneo, es decir, manifestando respeto por los derechos de los demás.
Es indignante –por decir lo menos- que un bandido, cuando està en manos de la autoridad, reclame a su favor el respeto de los derechos humanos, toda vez que  ha perdido ese derecho por violentar la dignidad de los demás.
Ninguna filosofía, por màs “humanista” que pretenda ser, tiene derecho a imponer a la sociedad que reconozca la dignidad humana y respete los derechos humanos de quien, por obra de una interpretación blandengue, volverá a las calles a proseguir sus obras nefandas: ningún filòsofo ultrasensible, ningún defensor asalariado de los derechos humanos, ningún “especialista” de la dignidad humana,  puede pretender que la sociedad actùe en forma estúpida otorgando la libertad y mimos a quien la maltrata.
Los señores jueces, en vez de ceñirse maquinal e inconscientemente, a secas, al principio de la dignidad humana, deben revisar los hechos con base en las pruebas para  establecer si el procesado es “digno de la dignidad”

miércoles, 20 de mayo de 2015

EL EMPAREDAMIENTO. Juan Josè Bocaranda E


EL EMPAREDAMIENTO
Juan Josè Bocaranda E

Ya en plena madurez un hombre fue asaltado por una inquietud indefinida. Era como una especie de sed que nada podía calmar. Consultò a varios médicos, pero ninguno acertò en la causa de aquella sorda ansiedad. Una noche fue a la cama antes de lo acostumbrado. Se quedó dormido en breve tiempo. Al amanecer, cuando despertó, se sentía extrañamente cansado, como si hubiese estado caminando durante largas horas. Se sorprediò cuando vio las paredes salpicadas de frases, muchas de ellas inconclusas, como si varias personas se hubiesen convocado para implantar allì los màs diversos pensamientos, extrañas referencias a sucesos desconocidos, surcos y surcos de letras, como una sementera de signos. Algo le dijo que tenìa que escribir, y asì lo hizo. Escribìa y escribìa. Nada podía detenerlo. Historias, poemas, relatos, reflexiones, epístolas imaginarias. Què fue lo que no escribió…
Sin embargo, jamàs pasò por su mente la idea de dar a conocer, ni siquiera a su esposa, aquellos escritos. Era como una tarea secreta, casi como una misión sin destino. Para èl lo fundamental estaba en el deseo de dar salida a una voz interior, de dar curso a la libertad de expresarse. Comprendiò que  escribir es conocerse a sì mismo, pues quien escribe se va sacando cosas del alma, que tenìa escondidas sin saberlo.
No. No escribìa con la idea de publicar.  Es màs: si hubiese pensado en ello, seguramente le hubiese causado terror que otros conocieran sus escritos, estuvieran al tanto de sus ideas, de sus opiniones, de su forma de pensar, de sus falencias, de sus errores. Le temìa, y mucho, a la crìtica, pues ante ella se sentía desnudo y expuesto al  ridículo o a  la diatriba. Sin  embargo, le era absolutamente imposible sustraerse a la necesidad de escribir.
Buscò, entonces, una alternativa a la abstención, una forma de ceder al ansia de escribir y al mismo tiempo evitar que leyeran lo que había escrito. Y se le ocurrió la idea, casi demencial, de “emparedar” la producción, para lo cual construiría un anexo a la casa, con el pretexto de que necesitaba trabajar sin interrupción y sin causar molestias a los demás de la familia, si se le ocurrìa hacerlo durante la noche. Levantarìa, puès, paredes dobles, para encerrar las numerosas cajas llenas de papeles. Sin embargo, le asaltò la pregunta: ¿còmo saber cuàndo dejarìa de escribir, para entonces cerrar definitivamente las paredes? Y en el mar de la duda y de la  angustia se le escapò el tiempo.
Una mañana, cuando la esposa fue a llevarle el café, encontró la luz encendida. Supuso que estaba trabajando, y lo viò sentado, como de costumbre, frente al escritorio. Pero, no respondió a su saludo. Tenìa los ojos abiertos y la mirada fija en una hoja a mediocomenzar. Habìa muerto.
Claro que ni a la mujer ni a los hijos les  interesò aquel montòn de cajas llenas de papeles. Ellos buscaban oro, joyas, dinero, billetes de banco, títulos de valor, documentos de propiedad. Pero, no hallaron nada de eso sino “papeles llenos de cosas inútiles, improductivas”. Y ordenaron a la mujer de servicio que lo recogiera todo, lo metiera en bolsas y lo colocara frente a la casa para que se lo llevara el camión del aseo urbano. Asì sucedió, exactamente. Ni màs ni menos.
La mujer y los hijos se abocaron a repatir la herencia. Decidieron vender la casa. Cuando el futuro dueño fue a conocer el anexo, encontró escrita en unas de las paredes, con pintura roja y caracteres gruesos, esta extraña consigna:

“HAY QUE DAR SALIDA A LA VOZ DEL CORAZÒN. ESO ES LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE. NO ESCRIBIR PARA SER CONOCIDO SINO PARA CONOCERSE”.