lunes, 10 de agosto de 2020

IMAGINACIÓN. CUENTOS DE LA TROJA DOS. JUAN JOSÉ BOCARANDA E.




IMAGINACIÓN. CUENTOS DE LA TROJA DOS.

Imagino que soy un Maestro cuya fama se ha extendido por toda la región. Sano, predico, enseño y doy buenos consejos llevando hacia Dios. También hago milagros, de los que se han beneficiado ciegos, mudos, sordos, paralíticos, leprosos y personas a las que he resucitado. Igualmente he rescatado a muchas mujeres de la que llaman “mala vida” para que se conviertan en madres responsables y consagradas al hogar.
Una mañana, cuando voy hacia el pueblo en compañía de mis discípulos, me sale al paso un hombre ciego que me dice:
-Señor, Señor. Compadécete de mí. Haz que pueda ver nuevamente. Sé que soy un pecador, pero estoy arrepentido. Dios sabe que es así. Dame la vida.
Cierta vocecilla me aconseja que no lo haga, pero lo hago: el sujeto, al que llaman Gimoteo, queda sano apenas le hago llegar el rayo de los milagros. Vuelve la cabeza a uno y otro lado. La claridad lo deslumbra. Luego estira brazos y piernas, carcajea, grita palabras que no entiendo y corre hacia el pueblo.
Nemesio, uno de mis discípulos, quien es de La Coruña, muy suelto en el hablar y más presto en el obrar, le grita: ¡Ey! ¡PardieZ!  Hijo de buda… ¿Ni siquiera das las gracias, desgraciao? Y corre hacia Gimoteo. Lo alcanza y lo  increpa. Gimoteo lo agrede, lo empuja, lo derriba y lo patea, mientras vocifera:
-¿Qué gratitud ni ocho cuartillos? Yo no doy gracias a nadie. Ya estoy sano y eso nadie me lo quita, ni Dios.
Me indigna lo que escucho. No puedo evitarlo.  En menos de lo que canta una gallina le deshago el milagro: Gimoteo vuelve a ser ciego.
Después de unos días, viene a buscarme para un segundo milagro. Pero esta vez lo mando a la miermelada.
Como noto que mis discípulos no comprenden el por qué de mi reacción al parecer muy poco edificante, les aclaro:
-Dios quiere buenos y santos, pero no bobos. Lo que no es justo, no es justo, y punto. La ingratitud es un pecado radical, porque es la mayor expresión del egoísmo y de él provienen la indignidad, la bajeza, la vileza, la perversidad, las malas intenciones, la cobardía y la traición. El alma de los ingratos es un charco de miasmas que es necesario depurar mediante lecciones drásticas que lleguen a lo profundo, como justo castigo.
Mi fama se extendió y  la gente aprendió que más que los hombres santos, me interesaban los hombres agradecidos y justos, porque sin  justicia y gratitud no puede haber santidad.